03/02/2026 - Edición Nº455

Nacionales

EDITORIAL DE DOMINGO

Maquiavelo soy yo

25/01/2026 08:00 | Entre citas filosóficas forzadas y consignas grandilocuentes, Javier Milei proclamó en Davos la muerte de Maquiavelo. Sin advertirlo, terminó describiendo con notable fidelidad el manual clásico del poder que dice rechazar.


por Fernando Somoza Especial para NA (*)


“Buenas tardes a todos. Estoy aquí frente a ustedes para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto”. Así comenzó el presidente Javier Milei su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos, escenario elegido para ratificar su proyecto de gobierno y volver a definir al capitalismo como “el único sistema justo”.

El mandatario intentó elevar su planteo con una referencia filosófica de alto vuelo, trazando un paralelo implícito con la célebre afirmación de Nietzsche: “Dios ha muerto”. Aquella sentencia no alude a una deidad literal, sino a una transformación cultural profunda: la pérdida de centralidad de la moral cristiana en Occidente, el vacío de valores que ello genera y, al mismo tiempo, la posibilidad de que el ser humano cree sus propios principios.

El problema no es la ambición retórica, sino su ejecución. El intento de Milei por mostrarse como un zoon politikon ilustrado vuelve a naufragar en una exposición más cercana al formato televisivo que al ejercicio serio de la política. Conceptos complejos aparecen reducidos a consignas, reiterados sin elaboración y cada vez con menor capacidad de interpelación, incluso ante auditorios afines.

Maquiavelo vive en Milei

En “El Príncipe”, la obra más influyente de Nicolás Maquiavelo, se quiebra definitivamente la idea del gobernante virtuoso en términos morales. El florentino sostiene que los hombres son ingratos, volubles y temerosos ante el peligro, y que un líder que pretenda obrar siempre con bondad, en un mundo dominado por la maldad, está condenado al fracaso. La virtud del gobernante reside, entonces, en su capacidad de dominar la fortuna, no en su rectitud moral.

Cuando Milei proclama que “Maquiavelo ha muerto”, intenta enviar un mensaje claro: para su gobierno, la eficiencia económica no solo no exige sacrificar principios, sino que solo puede alcanzarse a partir de ellos. Allí donde Maquiavelo veía a la moral como un obstáculo para la eficacia, Milei presenta a la libertad económica y a la propiedad privada como su núcleo ético irrenunciable.

Sin embargo, la paradoja es evidente. Si el mensaje buscaba reivindicar la crudeza sin hipocresías —la crueldad como virtud expuesta sin disfraces—, el razonamiento se vuelve contra su autor. Para Maquiavelo, el príncipe puede ser cruel, pero jamás debe parecerlo; debe aparentar virtud, piedad y rectitud, aunque no las practique.

Desde esa lógica, la afirmación “Maquiavelo ha muerto” termina ubicando a Milei entre los dirigentes argentinos que más fielmente encarnan los consejos del pensador florentino.

Los ejemplos abundan. Cita cifras de pobreza apoyándose en mediciones cuestionadas, desactualizadas y alejadas de la experiencia cotidiana de millones de argentinos. Enarbola desde hace años la bandera de la lucha contra la corrupción mientras su entorno político aparece atravesado por causas judiciales de extrema gravedad, que solo una Justicia funcional al poder económico podría neutralizar. Construyó su identidad política contra “la casta” y hoy gobierna rodeado de algunos de sus exponentes más persistentes.

No se trata solo de doble discurso. Es la aplicación rigurosa de una de las máximas centrales de El Príncipe: no es indispensable poseer virtudes, sino aparentarlas. La eficacia del poder no reside en la coherencia moral, sino en la percepción que se logra imponer.

El cuadro se completa con un ejército de trolls organizados y financiados para hostigar a críticos y opositores, un mecanismo disciplinador que refuerza otro principio esencial del manual maquiavélico: en el ejercicio del poder, es preferible ser temido antes que amado.

En definitiva, al anunciar la muerte de Maquiavelo, Milei terminó firmando su resurrección más explícita. No como categoría académica, sino como práctica concreta del poder.

(*) fersomozaok@gmail.com