22/03/2026 - Edición Nº502

Nacionales

EDITORIAL DE DOMINGO

Salud: cómo seguir despedazando derechos

08:00 | En medio de diferentes escándalos hay un hecho que pasó prácticamente inadvertido en las noticias: la Argentina se desafectó de la OMS. Otro cachetazo para la ciudadanía y para la salud comunitaria.


por Fernando Somoza Especial para NA (*)


Nadie duda de que la salud humana es un derecho fundamental que abarca el bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedades. Está intrínsecamente ligada a la salud del planeta, a la biodiversidad y a los determinantes sociales, lo que requiere un enfoque integral como «Una sola salud» (One Health) para asegurar el acceso a servicios de calidad, alimentación adecuada y un medio ambiente limpio.

Asistir a un centro asistencial y observar el entorno es suficiente para comprender el valor de la prevención y advertir que el acceso a las nuevas tecnologías resulta indispensable para complementar una buena calidad de vida, en función de los índices de longevidad que se incrementan.

A pesar de ello, el gobierno nacional oficializó el jueves pasado la salida de la Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS), a través de una publicación en el Boletín Oficial, luego de reiteradas críticas a su rol durante la pandemia de Covid-19.

La decisión quedó plasmada en el apartado de Tratados y Convenios Internacionales con la firma del titular de la Dirección de Tratados, Juan Pablo Paniego. Allí se consignó la fecha de incorporación del país al organismo —22 de octubre de 1948—, la denuncia del acuerdo realizada el 17 de marzo de 2025 y la finalización del vínculo el 17 de marzo de este año.

No se trata de una decisión aislada del jefe de Estado, sino de un acompañamiento al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien tomó la misma iniciativa.

El Ejecutivo nacional cuestionó oportunamente que “las cuarentenas provocaron una de las mayores catástrofes económicas de la historia mundial” y apuntó contra el respaldo de la OMS a la gestión de Alberto Fernández.

Sin datos ni estadísticas, y siguiendo casi en modo marioneta las directivas del gobierno norteamericano, Javier Milei le apunta al corazón de los argentinos, mostrando de forma descarnada que sus políticas tienen rasgos de exclusión y no comulgan con mejoras económicas que, lejos de acercarse, cada día parecen más lejanas.

Como planteábamos al inicio, podríamos afirmar que “con la salud, todo; sin la salud, nada”, habida cuenta de que el ser humano depende para su supervivencia de un organismo en buenas condiciones.

Buscan un argumento inexistente. El Gobierno sostiene que la OMS forma parte de los organismos internacionales que “no cumplen con los objetivos para los que fueron creados y se dedican a hacer política internacional”.

¿Acaso no existen políticas de salud? ¿A qué política se refiere el presidente Milei?

Los especialistas coinciden en que la salud “puede ser un agente de cambio y de transformación social”, y tal vez eso sea lo que molesta al mandatario, que no deja de recorrer el mundo haciendo gala de su narcisismo y considerando que quienes no apoyan sus ideas son seres miserables.

La salud comunitaria mira donde hay que mirar y muestra lo que debe mostrarse. Demuestra que no son suficientes las respuestas individuales y que es necesario transformar la sociedad si no queremos seguir construyendo comunidades más desiguales e injustas, algo que este gobierno parece entender exactamente al revés.

La salud comunitaria también permite advertir que, si ocultamos las causas sociales, políticas y económicas de los problemas sanitarios y solo afrontamos las causas biológicas, estamos contribuyendo a reproducir desigualdades.

Nos invita, en consecuencia, a garantizar el acceso equitativo a los cuidados médicos para toda la población, pero también a trabajar sobre las formas de organización social y a controlar las fuentes de contaminación que, en definitiva, terminan boicoteando nuestra propia salud colectiva.

Por eso surge la pregunta: ¿en qué quedamos? Los gobiernos que ponen en tela de juicio a la Organización Mundial de la Salud, son los que luego terminan promoviendo el debilitamiento de políticas destinadas a frenar la contaminación.

La salud comunitaria nos enseñó que la salud es política, que nadie se salva solo, que somos parte del problema y también de la solución. El primer paso es cambiar nuestras propias conductas y comprometernos con la sociedad en la que vivimos.

Eso es la salud comunitaria, algo que difícilmente comprendan los funcionarios del gobierno nacional, que parecen priorizar el beneficio propio por sobre el interés colectivo y que, para sostener esa lógica, recurren a las peores artes de la política: la corrupción y la falta de transparencia.

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