29/03/2026 - Edición Nº509

Nacionales

EDITORIAL DE DOMINGO

¿Por qué defendemos a los ricos?

08:00 | Una pregunta incómoda sobre cultura política, aspiraciones sociales y poder en las democracias contemporáneas


por Fernando Somoza Especial para NA (*)


la tendencia de las sociedades modernas a admirar a quienes exhiben riqueza. El dinero visible —autos de lujo, barrios exclusivos, estilos de vida opulentos— se convierte en El ministro de Economía Luis Caputo aseguraba esta semana en declaraciones de prensa algo así como que la gente dejó de consumir zapatillas para comprar inmuebles o autos. En el mismo sentido aparecen declaraciones de banqueros o figuras de la farándula o el deporte que viven fuera de nuestro país y han logrado armar una importante fortuna, afirmando que confían en la marcha del plan de Javier Milei.

Luego, hay una escena que se repite en muchos países, incluida la Argentina: trabajadores, jubilados o sectores medios golpeados por la economía terminan defendiendo esas declaraciones, discursos o políticas que benefician principalmente a los más ricos. La paradoja no es nueva, pero sigue siendo desconcertante. ¿Por qué ocurre?

No se trata simplemente de manipulación política ni de falta de información. La explicación es más compleja y ha sido analizada desde hace décadas por sociólogos, economistas, filósofos y especialistas en psicología social.

Uno de los primeros en advertir el fenómeno fue el economista y sociólogo estadounidense Thorstein Veblen. A fines del siglo XIX describió lo que llamó consumo conspicuo: una señal pública de éxito.

Ese mecanismo cultural genera algo más profundo que la simple envidia: produce admiración social. La riqueza deja de ser solo un privilegio económico para transformarse en un símbolo de mérito. Si alguien es rico, se supone que “hizo algo bien”. Así, el sistema que produce desigualdad también logra legitimidad.

Décadas más tarde, el sociólogo francés Pierre Bourdieu aportó otra clave para entender el fenómeno. Según su teoría del poder simbólico, las élites no dominan solo por el dinero, sino también por su capacidad de instalar una visión del mundo que aparece como natural.

Las clases dominantes acumulan capital económico, pero también capital cultural y simbólico: educación, prestigio, redes sociales y capacidad de influir en la producción de ideas. Desde allí logran instalar narrativas que terminan formando parte del sentido común: que el éxito depende únicamente del esfuerzo individual, que el mercado premia el talento o que la desigualdad es inevitable.

Cuando esas ideas se vuelven dominantes, defender a los ricos deja de parecer la defensa de privilegios y pasa a presentarse como la defensa de la libertad económica o del mérito personal.

Hay todavía otra explicación, más ligada a la psicología social y a las expectativas colectivas. El economista y politólogo Albert O. Hirschman lo describió mediante una metáfora conocida como el “efecto túnel”.

Imaginemos dos carriles detenidos en un embotellamiento dentro de un túnel. Si uno de ellos empieza a avanzar, los conductores del otro inicialmente sienten alivio: interpretan que pronto les tocará avanzar también. Durante un tiempo toleran la situación porque creen que el movimiento llegará.

Algo similar ocurre con la desigualdad económica. Mientras las personas crean que tienen posibilidades reales de ascenso social, tienden a aceptar —e incluso justificar— las grandes diferencias de ingresos. La riqueza ajena se percibe como la señal de que el sistema funciona.

El problema aparece cuando esa expectativa se rompe. Cuando la movilidad social se estanca, cuando el trabajo ya no garantiza progreso y cuando el esfuerzo no alcanza para mejorar las condiciones de vida, la promesa implícita del sistema empieza a resquebrajarse. La desigualdad deja entonces de ser vista como una etapa del crecimiento y pasa a percibirse como un privilegio estructural.

En ese punto, la discusión deja de ser económica para convertirse en política.

El filósofo estadounidense John Rawls planteó que las desigualdades solo pueden considerarse justas si, en última instancia, mejoran la situación de quienes están peor. Es lo que llamó el principio de diferencia. Cuando eso no ocurre, la legitimidad moral del sistema comienza a erosionarse.

Por eso la pregunta sigue siendo tan incómoda como vigente: ¿defendemos a los ricos porque creemos en el mérito, porque aspiramos a ser como ellos o porque el poder económico ha logrado moldear la manera en que interpretamos la realidad?

Tal vez la respuesta combine un poco de todo. Pero hay una conclusión difícil de evitar: cuando una sociedad naturaliza la concentración de riqueza sin discutir sus consecuencias, no solo está defendiendo a los ricos. También está resignando la discusión sobre qué tipo de país quiere construir.

(*) [email protected]