por Fernando Somoza Especial para NA (*)
Con el aporte decisivo de los grupos de presión, los economistas siempre soñaron con quedarse con el control absoluto del Estado para manejar al país como si los ciudadanos fueran números y no seres humanos atravesados por realidades distintas, imposibles de encajar dentro de la mirada fría de una calculadora.
Por suerte para las diversidades, la naturaleza de la que formamos parte no conoce la perfección, sino las diferencias entre individuos de una misma especie.
La medicina, de hecho, no funciona igual para todos. Bien saben los profesionales de la salud que las enfermedades responden de manera distinta según cada organismo. Intentar imponer recetas universales puede resultar viable en teoría, pero tarde o temprano termina chocando contra la complejidad de la realidad.
Las diferencias son todavía más profundas cuando se intenta gobernar un país y comprender cómo se fue estructurando a lo largo de su historia.
La Argentina mostró, hace un siglo, características que la diferenciaban de sus vecinos y le permitían ciertas ventajas competitivas que con el correr de las décadas se fueron diluyendo.
Entrar de lleno en ese debate requeriría una mirada mucho más amplia, especializada y multidisciplinaria. Un sinceramiento profundo que, en algún momento, deberá darse sin seguir escondiendo la tierra debajo de la alfombra.
Hoy, con los economistas al mando del país y respaldados por el denominado “círculo rojo”, al que pareciera interesarle únicamente escalar posiciones en la lista Forbes, se vuelve imprescindible construir un punto de encuentro mínimo para evitar que la Argentina vuelva a estrellarse contra el iceberg sin siquiera disponer de botes salvavidas.
La productividad aparece enfocada casi exclusivamente en la energía —petróleo, gas y minerales— y en los alimentos provenientes de la matriz agropecuaria.
La figura no se aleja demasiado de las cavernas: sostener el fuego que ilumina y protege, mientras se garantiza la comida. Puede interpretarse incluso como un retroceso frente a otros aspectos vinculados a la condición humana, pero el vértigo del scrolling permanente parece impedirnos detenernos a reflexionar sobre el verdadero sentido de la vida.
El escenario actual resulta avasallador. La fuerza de los números proyectados hacia el futuro desconoce el presente y las circunstancias concretas de quienes habitan este territorio, convertidos ahora en porcentajes dentro de una planilla y no en integrantes de una comunidad.
En ese contexto, grandes conglomerados urbanos como el AMBA, Rosario o Córdoba deberán inevitablemente replantearse desde sus bases, impulsando migraciones hacia otros polos productivos. Pero esos nuevos espacios todavía necesitan desarrollarse y generar empleo, algo que difícilmente alcance para absorber a los cientos de miles de trabajadores expulsados por el derrumbe de buena parte de la industria tradicional.
La energía y el agro, con su creciente primarización, no aparecen hoy como fuentes intensivas de trabajo. Mucho menos frente al avance de la inteligencia artificial y la robotización.
Más que nunca, la Argentina vuelve a enfrentarse al viejo fantasma de la pauperización latinoamericana, un proceso históricamente funcional a las grandes potencias desde los tiempos de la colonización.
Así como el país recibió durante décadas migrantes de Perú, Bolivia, Chile o Uruguay, además de compatriotas del interior que llegaban a las grandes ciudades en busca de oportunidades, el nuevo escenario —similar al de los años ’90, aunque multiplicado— obligará a muchos a abandonar sus raíces para subsistir.
El destino parecerá conducirlos hacia zonas vinculadas a la energía o al agro, o incluso hacia otras latitudes capaces de ofrecer, al menos, una expectativa de futuro más digna.
Ya no se trata de tener “paciencia”. El propio presidente Javier Milei afirmó que el proyecto económico está diseñado para desarrollarse durante las próximas tres décadas. Por eso comienza a resultar imprescindible pensar seriamente en una salida para quienes quedan al margen de ese proceso, antes de que el propio Gobierno termine generándose un problema de gobernabilidad.
Por supuesto, en una nación tan pendular y contradictoria como la Argentina siempre pueden aparecer matices capaces de iluminar el panorama o de oscurecerlo todavía más.
Si la mejora macroeconómica y el crecimiento de los sectores beneficiados por el boom productivo logran trasladarse, aunque sea parcialmente, a contener el desplazamiento social y laboral de amplios sectores de la comunidad, entonces podría abrirse la puerta a una verdadera transformación.
De lo contrario, avanzar con cambios proyectados a tan largo plazo sin atender las necesidades básicas de millones de habitantes terminará construyendo un país imposible.
Y entonces la revolución no será de los mercados, sino de los desplazados.
Como tantas veces en nuestra historia, todo volverá a empezar.