por Fernando Somoza Especial para NA (*)
La pérdida o el cambio de empleo no fue un problema irresuelto hace más de medio siglo, cuando todavía existía en nuestro país una importante demanda de mano de obra constituida por una economía local favorecedora del asentamiento de empresas multinacionales, tanto como la creación de pymes industriales.
La ecuación no requiere de mayor complejidad, ya que cuando las empresas generan trabajo el ingreso que llega a sus trabajadores se recicla de modo constante en el comercio y los servicios, además que los gobiernos cuentan con la recaudación impositiva que debiera servir para ofrecer mejoras en la calidad de vida general.
Tal es así que en la actualidad los países más desarrollados protegen el empleo mediante políticas activas de mercado laboral, sistemas sólidos de seguridad social y una constante reconversión formativa de los trabajadores.
En este sentido Alemania y los países nórdicos (como Dinamarca) aplican estos modelos mediante estrategias estructurales altamente eficientes que equilibran la productividad empresarial con el bienestar del trabajador.
Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo señala que cerca de 300 millones de trabajadores viven en pobreza extrema, mientras que el Banco Mundial proyecta una brecha de 800 millones de empleos para los jóvenes en la próxima década.
La pregunta que nos hacemos es si el gobierno de Javier Milei está enfocado a políticas eficientes que favorezcan a los trabajadores o simplemente apuesta a la precarización. La respuesta, en función de lo que estamos viendo en estos casi tres años de gestión va en el sentido de la segunda opción.
Esto no constituye un relato, sino que el dato lo provee la propia Universidad de Buenos Aires, a través de su Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino (Centro RA), el cual detalla que 8 de los 10 sectores que más crecieron durante la gestión libertaria tuvieron una menor generación de empleo y que en el mismo lapso, la economía acumuló una pérdida de 329.667 puestos asalariados registrados.
El informe detalla que la actividad sectorial muestra una marcada heterogeneidad. Por un lado, los rubros vinculados al comercio exterior, la agroexportación y la explotación de recursos naturales encabezan las subas: el agro registró un salto del 40%, la intermediación financiera un 19% y minas y canteras un 16%.
Sin embargo, esta expansión productiva no se tradujo en una contratación masiva de trabajadores. Por el contrario, la explotación de minas y canteras, la rama de mayor expansión relativa perdió 5.200 empleos registrados en el último año, bajando a 86.800 trabajadores a marzo de 2026.
Por su parte, la intermediación financiera redujo su dotación en un 3,7%, mientras que el sector agropecuario, tras dejar atrás el impacto de la sequía, apenas sumó 1.700 puestos interanuales y representa solo el 5,2% del empleo privado registrado.
En la vereda de enfrente se ubican los sectores dependientes de la demanda y el consumo interno. La industria manufacturera acumula una caída de actividad del 8% y sufrió la pérdida de más de 80.000 puestos registrados desde noviembre de 2023, encadenando 18 meses consecutivos de bajas y concentrando casi la mitad de la caída total del empleo asalariado formal en el país. A esto se suma el comercio, que contrajo su actividad un 4% y redujo su personal un 1,9% interanual.
La disparidad productiva también dibuja un mapa federal desigual. Las provincias con un perfil fuertemente hidrocarburífero, minero o agroexportador, como Neuquén, Río Negro, Jujuy, Salta o Santa Fe, muestran un amortiguamiento o mejores perspectivas gracias a sus motores externos.
En contrapartida, los grandes conglomerados urbanos volcados al mercado doméstico y al tejido industrial, con el Gran Buenos Aires a la cabeza, quedan severamente expuestos al enfriamiento del consumo interno.
"El problema es que el crecimiento de las actividades más dinámicas no alcanza a compensar la debilidad de aquellas que concentran una mayor proporción del empleo", remarca el documento del Centro RA, señalando que el ansiado "efecto derrame" o de arrastre sobre el resto del entramado productivo muestra una debilidad inocultable.
Para los especialistas de la facultad de Ciencias Económicas de la UBA, el gran interrogante pasa por determinar si el actual modelo de crecimiento posee la magnitud suficiente para sostener al conjunto de la economía, advirtiendo que, para lograr un impacto real en los bolsillos, los sectores exportadores deberían potenciar de manera urgente sus vínculos con proveedores locales y fomentar la inversión directa en empleo.
La cantinela de algunos sectores de la población que afirman cosas como “la gente no quiere trabajar” o “se perdió la cultura del trabajo”, queda desvirtuada cuando se ven filas de más de 10 cuadras conformadas por esperanzados trabajadores que trata de dejar su curriculum en alguna pyme en búsqueda de tan solo 10 plazas.
No caben dudas que, de seguir en estas condiciones, el plan económico de Milei viaja en una canoa hacia una tormenta perfecta, que no tendrá piedad a la hora de llevarse puestos a una gran mayoría de los argentinos.