11/10/2026 - Edición Nº705

Nacionales

EDITORIAL

Pensar en reconstruir antes de que sigan destruyendo

07:46 | La recesión asoma detrás del cierre de empresas, la pérdida de empleos registrados y la precarización laboral. Mientras el ajuste compromete la recaudación previsional y profundiza las restricciones sobre la educación, la Argentina necesita discutir cómo volver a crecer sin seguir achicándose.


por Fernando Somoza Especial para NA (*)


Mientras el oficialismo defiende los resultados de su programa económico, cada vez cuesta más ignorar las señales de una economía que pierde actividad, empresas y puestos de trabajo.

La pregunta que se hacen los previsores es con qué herramientas se pretende salir de la crisis si, en el camino, se deterioran buena parte de las que podrían contribuir a superarla.

Las principales consultoras que participan del Relevamiento de Expectativas del Mercado del Banco Central anticipaban, a comienzos de octubre, que la economía había ingresado en una recesión técnica.

La confirmación oficial todavía dependía de los próximos datos del INDEC, pero el segundo trimestre ya había registrado una caída del 0,6% frente al anterior y el estimador mensual de actividad económica retrocedió un 2,9% en julio.

También importa advertir que la contracción no golpea de manera uniforme. Energía, minería y algunas actividades exportadoras muestran un desempeño que contrasta con la situación de la industria, el comercio y la construcción.

El problema es que los sectores favorecidos no están consiguiendo compensar la debilidad de actividades que generan empleo, movilizan proveedores y sostienen el mercado interno.

De hecho el agro favorece mucho a las exportadoras pero menos a los productores quienes además miran al cielo, atemorizados por el Super Niño.

POCO EMPLEO

Los números de las empresas agregan otra señal. Según los registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo analizados por Infobae, en julio había 948 empleadores menos que en junio. Desde noviembre de 2023, la cantidad de empresas con al menos un trabajador registrado se redujo en 32.290, un 6,3%. El indicador tiene un alcance preciso —no comprende a todos los emprendimientos existentes—, pero describe una contracción persistente del universo de empleadores formales.

Cada unidad que desaparece puede llevarse puestos de trabajo, demanda para otras empresas, actividad comercial y conocimientos.

La apertura de importaciones y la caída del consumo presionan sobre negocios que necesitan vender para sostener sus costos, invertir y pagar salarios. Cuando esa rueda se detiene, se complica la situación.

El deterioro laboral termina de dibujar el cuadro con el informe de septiembre del Centro de Economía Política Argentina, elaborado sobre datos oficiales, el cual registró una pérdida de 245.664 empleos privados registrados entre noviembre de 2023 y junio de 2026.

En el segundo trimestre de este año, la desocupación llegó al 7,9% en los 31 aglomerados urbanos relevados por el INDEC. Al mismo tiempo, crecieron las ocupaciones sin descuento jubilatorio y las altas en el monotributo compensaron solo parcialmente la destrucción de empleo formal.

Conviene detenerse en este último punto porque no es lo mismo perder un puesto asalariado con derechos laborales y aportes regulares para pasar a una actividad independiente que apenas permite completar los ingresos del mes.

Las estadísticas pueden contabilizar a una persona como ocupada sin que eso signifique que consiguió un trabajo estable, suficiente y protegido.

El aumento del cuentapropismo no es una victoria del emprendedurismo como nos la quieren vender.

PRESION PREVISIONAL

Por cierto se agrega algo mas y es que menos empleo registrado significa menos aportes y contribuciones para financiar la seguridad social.

Roberto Cachanosky advirtió, en declaraciones reproducidas por Perfil, que el crecimiento del trabajo informal presionará sobre los recursos del sistema previsional. El deterioro del empleo compromete así una fuente de financiamiento indispensable para las jubilaciones y pensiones. El ajuste que se presenta como una manera de ordenar las cuentas puede terminar debilitando también los ingresos que contribuyen a sostenerlas.

EDUCANDOS

La educación enfrenta una discusión semejante. El análisis de CTERA sobre el proyecto de Presupuesto 2027 estima que la función Educación y Cultura quedaría un 43,4% por debajo de 2023 en términos reales, de acuerdo con la pauta oficial de inflación. Para los programas de la Secretaría de Educación, sin contar las universidades nacionales, calcula una caída real del 72% respecto de aquel año. Son estimaciones de la entidad sindical sobre el proyecto presupuestario, pero la magnitud del retroceso merece una discusión que trascienda la disputa sectorial. Recortar infraestructura, becas, formación docente y educación técnica tiene consecuencias que se proyectan mucho más allá de un ejercicio fiscal.

Llegados a este punto, el debate económico necesita recuperar una cuestión elemental y es que el equilibrio de las cuentas públicas no puede ser el único indicador para evaluar el rumbo de un país. También hay que considerar su capacidad para producir, emplear, recaudar, formar trabajadores y generar condiciones para nuevas inversiones.

“Reconstruir” significa establecer prioridades y reconocer que ninguna estabilización será duradera si deja una industria devastada, comercios sin clientes, trabajadores cada vez más desprotegidos y escuelas con menos recursos para formar a las próximas generaciones.

Un país, cualquiera que sea, necesita inversión, actividad, empleo formal y una estrategia que agregue valor a su producción, algo que en estos años no se ha vislumbrado y que todavía falta más de uno para que Javier Milei termine su mandato.

¿Y luego qué? Para revertir este duro y en su mayoría negativo proceso se deberá recuperar la confianza, ampliar mercados y ofrecer condiciones previsibles, pero también sostener una demanda interna capaz de darles escala a las empresas. Nunca se podrá desarrollar un país y sus habitantes si producir deja de ser viable y trabajar ya no alcanza para vivir.

Entonces, antes de seguir celebrando lo que el ajuste consigue reducir, convendría medir cuánto cuesta recuperar lo que destruye.

Se tarda años en levantar una empresa, formar un trabajador especializado o recomponer una institución educativa. Desarmar esas capacidades puede resultar mucho más rápido.

Pensar en la reconstrucción antes de que sigan destruyendo no es necesariamente una consigna opositora: es empezar a discutir qué país quedará cuando llegue la hora de volver a crecer.

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