por Fernando Somoza Especial para NA (*)
Durante décadas, la Argentina construyó una identidad social que la diferenciaba de buena parte de América Latina. La educación pública, el empleo formal, la industrialización, el acceso a la vivienda y cierta distribución de la riqueza permitieron que millones de familias encontraran en la clase media un lugar desde donde proyectar su futuro.
No era una sociedad sin pobres ni desigualdades, pero conservaba una característica que hoy parece cada vez más lejana: la posibilidad de que los hijos vivieran mejor que sus padres.
Aquella construcción empezó a resquebrajarse bastante antes de la llegada de Javier Milei. La crisis de aquel modelo industrial, el deterioro de los salarios y la precarización de la estructura productiva desde mediados de los años setenta marcaron un punto de inflexión.
Luego, la dictadura militar profundizó el endeudamiento, la desindustrialización y la concentración económica. Los años noventa agregaron desempleo, precarización y una nueva oleada de movilidad social descendente. Después vinieron otras crisis, recuperaciones parciales y nuevas caídas. La clase media fue perdiendo espesor, capacidad de ahorro y, sobre todo, expectativas.
Un informe publicado en 2022 por Mariela Mociulsky, describía con claridad esa fragmentación: una parte de los sectores medios había logrado adaptarse a los cambios económicos y conservar capacidad de consumo, mientras otra quedaba atrapada entre el desempleo, los trabajos precarios y la amenaza permanente de caer bajo la línea de pobreza. Los llamados nuevos pobres dejaron de ser una excepción para convertirse en una expresión cada vez más habitual de la sociedad argentina.
Como si ese deterioro hubiera sido opoco, en 2023 se dio paso al experimento libertario. Ahora, una encuesta nacional de Hugo Haime & Asociados, realizada entre el 17 y el 25 de octubre de este año sobre 1.200 casos presenciales, acaba de ponerle números a una preocupación que excede largamente la discusión partidaria. El 59% de los consultados considera que, si Milei consigue la reelección en 2027, la Argentina tendrá muchos pobres y casi no habrá clase media. Apenas el 35% imagina un país pujante después de un segundo mandato presidencial.
Hay otro dato que merece atención y es que el 64% reclama un cambio del modelo económico. Significa que el deterioro de las condiciones de vida está generando un cuestionamiento que atraviesa a distintos sectores de la sociedad.
Milei no inventó el proceso de empobrecimiento argentino, sin embargo, su programa económico puede convertirse en el golpe de gracia para una estructura social que lleva más de medio siglo perdiendo capacidad de integración.
La apuesta por una economía concentrada en sectores primarios y extractivos, la contracción del mercado interno, el retroceso de la actividad industrial y comercial, la pérdida de poder adquisitivo y el debilitamiento de los mecanismos de protección social no ofrecen, hasta ahora, un horizonte de recuperación para los sectores medios que viven de su trabajo.
El gobierno actual además nos permitió entender que una economía puede exhibir equilibrio fiscal, estabilidad cambiaria y buenos indicadores financieros sin que eso se traduzca en bienestar para la mayoría de sus habitantes.
Allí aparece la denominada ‘peruanización’, no como una comparación superficial ni peyorativa entre dos países, sino como el riesgo de consolidar una estructura económica donde convivan actividades altamente rentables con una enorme masa de trabajadores informales, ingresos bajos y escasas posibilidades de movilidad social. Un país donde se puede crecer sin integrar, producir riqueza sin distribuirla y acumular dólares sin construir una sociedad más equitativa.
El problema no es solamente cuánto gana una familia o qué bienes puede comprar, alguna vez en la Argentina, también se pensó seriamente en qué lugar ocupa el trabajo en la organización social, qué posibilidades ofrece la educación, qué capacidad tiene el Estado para garantizar derechos y qué futuro pueden imaginar quienes hoy hacen malabares para llegar a fin de mes.
Si el actual rumbo se prolonga hasta 2031, el riesgo es que la Argentina termine de desarmar una de sus principales características históricas: una sociedad con amplios sectores medios, con aspiraciones de progreso y con cierta capacidad de resistencia frente a las crisis.
La desaparición de la clase media no sería un efecto colateral del éxito de un programa económico. Sería la evidencia de su fracaso social ya que verdadera “batalla cultural” es poder comprender que un país no se vuelve próspero simplemente porque algunos sectores acumulen más riqueza, ni se convierte en una nación desarrollada porque sus cuentas cierren.
Cuando trabajar, estudiar y esforzarse dejan de ser herramientas para progresar, ya no estamos discutiendo un modelo económico, sino por el contrario estamos asistiendo al deterioro de una sociedad mayoritaria que supo ser dueña de un fuerte pensamiento crítico y corresponsabilidad social, para favorecer a una minoría que lo único que tiene es plata.