por Mario Alberto Derch (*)
En el año 1983, la Argentina emergía de la dictadura cívico-militar más sangrienta de su historia. Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical, recorrió el país cerrando cada acto de campaña con las palabras del Preámbulo de la Constitución Nacional. No era una simple cita: era un rezo laico, una oración patriótica que convocaba a la esperanza y al compromiso con el Estado de derecho. Alfonsín transformó ese párrafo de 1853 en su mantra, su plataforma y su proyecto de gobierno. La multitud de boinas blancas y banderas rojiblancas, esta vez era excedida por una sumatoria de otras mayorías que se sumaban a ese abrazo que repetía a coro los seis objetivos fundacionales, como si fueran un credo civil. Lo cual prontamente sería comprobado con el batacazo del 52% de los votos que habían ido acercándose a ese faro de institucionalidad republicana y esperanza.
El Preámbulo de la Constitución Nacional
Argentina no es un mero prólogo. Es la síntesis del espíritu que animó a los constituyentes de 1853 y que, más de un siglo después, Alfonsín resignificó con una fuerza inédita. Al recitarlo, enumeraba con el dedo en alto cada finalidad: constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad. Esos seis objetivos, inspirados en la Constitución de los Estados Unidos, se convirtieron en el programa de una democracia que nacía.
La intención del título "Vientos de Preámbulo" captura precisamente ese momento: los vientos de cambio que soplaron sobre la Argentina en 1983 traían consigo las palabras de la Constitución como una promesa de restauración del imperio de la ley. No se trataba solo de ganar una elección, sino de reinstalar la Constitución en el centro de la vida política. Como dijo el propio Alfonsín: "En todas partes he dicho y permítanme que lo repita hoy. Porque es como un rezo laico y una oración patriótica. Si alguien distraído al costado del camino cuando nos ve marchar nos pregunta 'hacia dónde marchan, por qué luchan', tenemos que contestarles con las palabras del preámbulo".
Ese rezo laico no era una abstracción. Cada palabra del Preámbulo tenía un correlato en el texto constitucional que Alfonsín prometía hacer cumplir. La unión nacional se articulaba con el artículo 1º, que adopta para el gobierno la forma representativa republicana federal, reconociendo el principio democrático como origen del poder. El afianzamiento de la justicia y la consolidación de la paz interior encontraban respaldo en el artículo 14, que garantiza a todos los habitantes los derechos de trabajar, ejercer industria lícita, navegar, comerciar, peticionar, entrar, permanecer, transitar y salir del territorio, publicar ideas sin censura previa, usar y disponer de su propiedad, asociarse con fines útiles, profesar libremente su culto y enseñar y aprender. El bienestar general se proyectaba en el artículo 14 bis, que asegura al trabajador condiciones dignas, salario justo, jornada limitada, descanso, vacaciones, protección contra el despido arbitrario y seguridad social integral e irrenunciable. Y la defensa común y el progreso se enlazaban con el artículo 75 inciso 19, que impone al Congreso proveer al desarrollo humano, al progreso económico con justicia social, a la productividad, a la generación de empleo y a la formación de los trabajadores.
Alfonsín no inventó el Preámbulo, pero lo devolvió al pueblo. Lo puso en boca de todos, como señala un testigo de la época: "El doctor Alfonsín puso de nuevo a la Constitución Nacional y la cartilla de los derechos humanos sobre la mesa, puso el Preámbulo de nuestra Constitución en boca de todos". Esa apropiación colectiva convirtió un texto legal en un acto de fe cívica. La gente lo repetía en los actos, en las calles, en las plazas. Se volvió un salmo laico musitado por multitudes.
El 30 de octubre de 1983, Alfonsín ganó las elecciones con el 52% de los votos. Cuatro días antes, en el acto de cierre de campaña bajo el Obelisco, medio millón de personas lo escuchó recitar el Preámbulo. Ese discurso, plagado de optimismo y futuro, dio vuelta la elección. Pero más allá del triunfo electoral, lo que quedó grabado fue la promesa: "Con la democracia se come, se educa y se cura". No era una frase hueca. Era la traducción política del Preámbulo: el bienestar general, la justicia, la libertad, la paz interior. Todo eso que la dictadura había negado.
El Preámbulo dice: "para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino". Alfonsín entendió que esa cláusula de apertura, heredada de la tradición inmigratoria, era también una declaración de derechos humanos. La Constitución no solo regía para los argentinos, sino para todos los que habitaran el suelo. Y en 1983, eso significaba también juzgar los crímenes de la dictadura, reparar a las víctimas, restablecer las garantías. El Preámbulo, leído en clave alfonsinista, era un programa de gobierno y una ética pública.
Hoy, cuarenta años después, los "Vientos de Preámbulo" siguen soplando. La democracia argentina ha atravesado crisis, hiperinflaciones, golpes de mercado, pero el rezo laico de Alfonsín permanece como un
faro. Cada vez que alguien recita esas palabras, revive el compromiso de 1983: un Estado de derecho, justicia, bienestar general, libertad. No es nostalgia. Es memoria activa. Es la convicción de que la Constitución no es un papel muerto, sino un instrumento vivo para construir la unión nacional, afianzar la justicia y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.
Ese es el viento que no cesa. El viento del Preámbulo.
(*) Presidente Confederación General de la Industria de la República Argentina (CGI RA)