23/04/2026 - Edición Nº534

Salud

Salud mental y comunidad

Salud mental y comunidad: escuchar al otro también ayuda a reconstruir la vida

22/04/2026 10:20 | En un contexto atravesado por duelos, violencias, exclusión y crisis sociales, cada vez toma más fuerza una idea: el bienestar psíquico no se juega solo en el plano individual.



La salud mental suele pensarse como un asunto puertas adentro: una persona, un síntoma, una consulta. Pero muchas veces el malestar no nace en soledad ni puede elaborarse aislado del mundo. Hay dolores que están atravesados por pérdidas, violencias, desigualdades, desarraigo y crisis que afectan al mismo tiempo a la persona y a su entorno. En esos casos, la comunidad deja de ser apenas escenario y pasa a ser también parte del sostén.

Esa es la mirada que proponen Isabel Mansione (M.N. 14.174) y Paola Bonelli (M.N. 14.727), psicólogas argentinas, miembros de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA), integrantes de su Comisión Directiva y coordinadoras de proyectos comunitarios. Para ambas, trabajar en y con la comunidad no implica simplemente trasladar herramientas clínicas fuera del consultorio, sino asumir una presencia activa allí donde el sufrimiento toma forma en la vida real.

“Supone una ética de presencia, escucha y compromiso con los procesos subjetivos que atraviesan a las personas en sus contextos reales de vida”, plantea Mansione. La definición marca una posición clara: no se trata solo de intervenir sobre una urgencia, sino de ofrecer un espacio donde alguien pueda ser escuchado en serio, en el medio de condiciones muchas veces muy adversas.

Bonelli suma otra capa a esa idea. “Estas intervenciones no buscan únicamente aliviar el sufrimiento inmediato, sino también propiciar condiciones para la elaboración psíquica de aquello que irrumpe como conflicto, trauma o desorganización subjetiva”, explica. Es decir, no alcanza con contener: también hace falta ayudar a procesar lo vivido para que no quede enquistado como puro dolor.

Poner en palabras

En esa tarea, la palabra ocupa un lugar central. Cuando algo desborda, cuando el trauma irrumpe o el conflicto deja a una persona sin recursos para pensar, la posibilidad de nombrar lo vivido puede ser un primer paso para ordenar. En esa línea, Mansione sostiene: “Allí donde el dolor se instala, donde la palabra se vuelve difícil o queda silenciada, el trabajo del psicoanalista apuesta a restituir la posibilidad de simbolizar, de poner en palabras, de construir sentidos”.

Ese movimiento, remarcan, no es menor. Porque ahí empieza a recuperarse algo que muchas veces queda profundamente afectado: la capacidad de pensar, decidir y proyectar. Bonelli lo define así: “Se comienza a recuperar la libertad interior: no como un ideal abstracto, sino como una experiencia concreta de ampliación de la propia capacidad de pensar, sentir y decidir”.

Hospitales, escuelas y calle son espacios clave para sostener lazos. (Foto: Ilustrativa/Adobe Stock)

Hospitales, escuelas y calle son espacios clave para sostener lazos. (Foto: Ilustrativa/Adobe Stock)

La noción de libertad interior atraviesa toda su mirada. No como consigna vacía, sino como una experiencia que puede verse dañada por historias de exclusión, pérdidas o violencias. Cuando una persona deja de confiar en otros, en sí misma o en la posibilidad de futuro, no solo sufre: también se reduce su margen subjetivo para vivir.

Hospitales, escuelas y calle

Por eso, el trabajo comunitario adopta formas distintas según el territorio. En hospitales, la intervención puede acompañar al paciente, a su familia y a los equipos de salud en situaciones de enfermedad, angustia o duelo. En las escuelas, puede ayudar a pensar problemas como el acoso, la exclusión o los conflictos vinculares. En los juzgados, aporta una lectura más compleja y humana allí donde la ley se cruza con el padecimiento.

“En los hospitales, el psicoanalista acompaña no solo al paciente, sino también a las familias y a los equipos de salud”, explica Mansione. Y Bonelli agrega que en la escuela esa presencia “contribuye a pensar los malestares que emergen en los procesos de enseñanza y aprendizaje”.

También hay un trabajo valioso en la calle, donde la escucha se acerca a quienes muchas veces quedan por fuera de los dispositivos tradicionales. Allí, lo comunitario deja de ser teoría para convertirse en una forma concreta de presencia.

Algunos de los ámbitos donde se despliega esta tarea son:

  • hospitales y centros de salud
  • escuelas y espacios educativos
  • juzgados y ámbitos judiciales
  • intervenciones territoriales
  • zonas afectadas por catástrofes

Una trama compartida

Las especialistas advierten que las catástrofes naturales y los efectos del cambio climático son hoy escenarios donde lo social y lo psíquico se cruzan de forma dramática. Inundaciones, incendios, pérdidas materiales y desplazamientos forzados dejan marcas que van mucho más allá de lo visible. “Acompañar, sostener y favorecer la elaboración de lo vivido evita que el trauma se cristalice en formas de sufrimiento crónico”, señala Bonelli.

En el fondo, el objetivo es reconstruir lazos. Porque la salud mental colectiva también depende de la posibilidad de decir, escuchar, disentir, pedir ayuda y construir con otros. Mansione lo resume en una idea que atraviesa toda la propuesta: “Lo colectivo debe funcionar como sostén y no como amenaza”.

Desde el Centro Liberman, el principal proyecto comunitario de APdeBA, ambas sostienen ese trabajo con una convicción clara: incluso una intervención pequeña puede abrir un movimiento de transformación. Allí donde alguien logra poner en palabras su sufrimiento, donde un vínculo se restituye o aparece una nueva forma de estar con otros, no solo cambia una historia individual. También se fortalece la comunidad.