por Fernando Somoza Especial para NA (*)
En la escalada de violencia lingüística, exacerbada por el anonimato que han profundizado las redes sociales, hemos dejado de expresar palabras que, por cierto, daban en el blanco al calificar a un determinado ejemplar de animal político, con mucho más de animal (por lo irracional) que de político.
Esto nos lleva a considerar muy seriamente que transitamos un período en el que se ha impuesto un gobierno de salames y, en ese escenario, siempre aparece una horda de vivillos que se aprovechan de estos pazguatos (los que gobiernan y los que aplauden).
La película “Desde el jardín”, estrenada en 1980, protagonizada por Peter Sellers y Shirley MacLaine, tiene un carácter anticipatorio de los gobiernos que vinieron después, ya que muestra de modo ficcional qué ocurre cuando un sujeto que habla de manera teórica sobre un tema determinado y tiene amigos poderosos, aunque diga inconsistencias, puede llegar muy lejos, incluso a ser presidente de una nación.
¿Cuál puede ser el motivo para que un país que hace más de 40 años se movilizó como nunca antes para decir “Nunca Más” a dictaduras sangrientas, en defensa de la libertad, termine creyendo más tarde que un presidente violento, misógino, inhumano, clasista y narcisista pueda ser representativo de esa misma libertad?
Todo esto con un complemento mucho más peligroso: se trata —al fin y al cabo— de un pobre salame dominado por la hermana, maltratado por sus padres y que, por su propia condición, cree tener privilegios sobre aquellos a quienes debía representar y a quienes está traicionando. Porque vale reconocer que fue votado por sectores humildes, jubilados, pensionados, personas con discapacidad, obreros y dueños de pequeñas empresas, y no solamente por expertos de la especulación financiera o por grandes corporaciones mineras o agropecuarias que se llevan las divisas hacia afuera.
Esta situación hace todavía más doloroso el presente, porque no es solo el salame que gobierna, sino el acompañamiento de otros como el jefe de Gabinete, un clásico de los que mandan a espiar y “mueven la rama”, y que, con total impudicia, mientras dice que no hay que robar al Estado, no para de viajar y comprar bienes inmuebles como si se hubiera ganado el Quini Seis con el superpozo multimillonario.
Salames que llegan al Parlamento para hacer valer leyes que otros salames envían desde el Ejecutivo. A tal punto de “salamidad” (permítaseme la licencia) que en muchos casos poseen títulos obtenidos en la universidad pública a la cual hoy le votan su desfinanciamiento.
Salames dogmáticos que, justamente por ello, adquieren esa categoría, ya que en todo tiempo y lugar —ayer como hoy— se aferran a ideas caprichosas para aplicarlas sin tener en cuenta la impermanencia de los tiempos, que todo pasa y que nada es como ayer, aunque quieran aplicar recetas de los ’70, más de medio siglo después, en un contexto en el que llevamos un aparato en el bolsillo que nos permite acceder a más teorías económicas que las que ellos mismos manejan.
Por eso, el problema en sí no son los salames, sino la peligrosidad de sus actos. Nadie puede ir preso por ser salame, sino por su accionar, si este constituye un hecho punible.
Tampoco, hasta ahora, ningún salame podría ir preso por votar salames. Sin embargo, la figura del karma puede empezar a asomar sobre algunos votantes que escucharon cantos de sirena y ahora fingen demencia cuando les quieren cobrar el crédito que tienen en mora desde hace un año, que sacaron para pagar otro crédito anterior, que habían pedido para cubrir la compra mensual del súper, a la que llegaron porque debían las expensas, que no pudieron pagar por el aumento del gas y la luz.
Valga este breve libelo, algo tardío, para protegernos de los salames, porque, a pesar de que algunos —cuando los conocemos— muestran cierta candidez, pueden generar daños irreparables y cuantiosos que luego son aprovechados por los vivillos, como ocurrió con la muchachada que sacó créditos para comprar su cuarta casa en Miami.