04/05/2026 - Edición Nº545

Nacionales

EDITORIAL DE DOMINGO

La construcción vanidosa

03/05/2026 08:00 | Entre la sobreactuación y el desprecio por el otro, el oficialismo exhibe más ego que proyecto: una lógica donde la política deja de ser herramienta y pasa a ser un simple espejo.


por Fernando Somoza Especial para NA (*)


El gobierno de Javier Milei se ha transformado en un circo inédito, no sólo por los personajes que lo integran sino también por la crueldad que exhiben: dirigentes que desconocen la empatía y trastabillan con sus propios valores —tan livianos que terminan, una y otra vez, pisoteados.

Hay varios vanidosos en los primeros niveles de las filas libertarias. Y no por casualidad, el primero de ellos es… el número uno.

Los especialistas coinciden en que el vanidoso habla siempre de lo que sabe, pero también —y con igual énfasis— de lo que ignora. Hace ostentación pública de lo que considera sus virtudes, ningunea o invisibiliza a los demás y descalifica cualquier opinión que no sea la propia. Para él, la verdad es un monólogo. El otro apenas existe, salvo cuando aplaude.

El vanidoso tiene tan hipertrofiado su yo que no admite a nadie más en su mundo. Su relato es excluyente: no hay lugar para matices, ni para dudas, ni para interlocutores reales. Las relaciones que establece son, por definición, asimétricas. A su alrededor no hay pares, hay subordinados; no hay diálogo, hay eco. Y ese eco, cuanto más servil, más funcional.

La escena de esta semana en el Congreso, durante el informe del jefe de Gabinete Manuel Adorni, ofreció una postal elocuente de esa lógica. Uno de los exponentes más visibles de este “crecimiento con y sin dinero”, con gastos personales que difícilmente dialogan con el discurso de austeridad (gastó 100.000 dólares en efectivo en dos años), terminó encarnando, en vivo, la distancia entre relato y realidad.

El palco completó la escena: un presidente exultante e insultante; la hermana fortalecida por un esquema de poder con rasgos nepotistas; y el ministro de Economía Luis Caputo, autor de frases de ocasión, pero sin respuestas de fondo frente a un modelo que sigue empobreciendo a amplios sectores. No es un episodio aislado, sino la expresión condensada de un oficialismo que parece haber confundido el acceso al poder con un premio personal.

Conviene, entonces, volver a la definición de “vanidad” para entender la pobreza de ese universo interior. La primera acepción del Diccionario de la Lengua Española la describe como la cualidad de vano. Y “vano”, a su vez, significa vacío, hueco, falto de sustancia o solidez.

Bajo esa luz, la vanidad aparece como un mecanismo defensivo frente al desvalor propio. Donde hay vacío, se sobreactúa plenitud. Donde falta sustancia, se exagera la forma. Es, en definitiva, una estrategia de sobrevaloración para ocultar la ausencia de valor.

Pero el efecto es el contrario al buscado. Lejos de generar admiración, el vanidoso produce rechazo. Su actitud petulante y soberbia erosiona cualquier vínculo genuino. La necesidad de reconocimiento crece en la misma proporción que el aislamiento que provoca.

Y allí radica el problema político de fondo: cuando la gestión se reemplaza por la autocelebración, cuando la realidad se subordina al relato personal y cuando el poder se utiliza como escenario de validación individual, lo que queda no es un proyecto de país, sino una puesta en escena.

Una construcción, sí. Pero vanidosa. Ruidosa pero frágil. Y, como toda estructura sostenida en el reflejo, termina chocando con lo único que no admite maquillaje: la realidad.

Las palabras de Voltaire, resuenan con fuerza y convicción: “La vanidad es el vicio de los que quieren ser amados sin mérito”.

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