por Fernando Somoza Especial para NA (*)
La inconfundible letra corresponde a lo que decía, hace ya tiempo, el tema de Sui Generis "Canción para mi muerte", en la voz de Charly García.
Claro que, por aquel entonces, estos genios de la música se referían al paso de la niñez a la adolescencia y de esta a la adultez, medido tal vez en función de los sentimientos y los valores.
Sin embargo, desde entonces y por efecto de decisiones tomadas por los grupos que manejan el mundo para extraer cada vez más beneficio y ampliar la brecha con el resto, se ha ido consolidando un sistema sin sentimientos y, menos aún, valores.
Claramente, en ese ocaso ingresó la cultura del trabajo, actividad que fue relegada a un segundo plano cuando todavía no habíamos terminado de debatir si el empleo nace como necesidad, obligación o dignidad.
Quizás la definición del Papa Francisco —"el trabajo es con derechos o es esclavo"— resulte la más certera para entenderlo.
Pero la destrucción de la cultura del trabajo, aunque se intente achacarla a los gobiernos progresistas por la ayuda social brindada para equilibrar la inestable escala social, resulta un paradigma del neoliberalismo que impuso la cultura de la especulación.
Desde la época en que los chicos juntaban estampillas en las libretas de la Caja de Ahorro Postal hasta hoy, se ha producido un quiebre: la aparición de "gurúes de las finanzas", mayoritariamente chantas y estafadores, que siguen prometiendo la posibilidad de sobrevivir sin trabajar y acumular ganancias sin esfuerzo.
Esto se ve exacerbado por la masividad de las redes sociales, terreno fértil para engañar a incautos inversores que terminan perdiendo sus ahorros bajo la promesa de duplicarlos. Son los Cositorto de la vida, que transmutan en modelos de Adornis, críticos acérrimos de la ayuda pública para otros, pero angurrientos si es en beneficio propio.
No es casual que se repitan estas situaciones si quienes gobiernan la economía del país se han enriquecido con prácticas especulativas que, por su posición dominante, les aseguran ganancias exorbitantes sin riesgos.
Pero la culpa siempre recae en el ciudadano común, el que creyó que el trabajo dignifica, que con él se cumplen los sueños y que se puede escalar con esfuerzo. Al fin y al cabo, es quien termina pagando la fiesta de los más poderosos.
Bien podríamos parafrasear a los boqueteros del Banco Río de Acassuso: "En barrio de ‘pobretones’ (en lugar de ricachones), sin armas ni rencores, es solo plata y no amores".
Las deudas externas aumentadas por el hoy ministro de Economía, Luis Caputo, durante el gobierno macrista, y el plan de Javier Milei —con una política económica que hace que Argentina sea cara para vivir y para venderle al mundo, pero ideal para la especulación financiera— son muestras de que la cultura del trabajo quedó relegada.
Vivimos en una burbuja económica con un dólar atrasado a punto de explotar, mientras nos disfrazan el presente con el apoyo de medios de comunicación que forman parte de ese 5% que el presidente dice no odiar.
Esta situación desastrosa se profundizará con la incidencia de la inteligencia artificial. No porque las tecnologías sean dañinas, sino porque no se ha brindado a la mayoría de la población la capacitación necesaria para aprovecharla en lugar de padecerla.
Tal como advertimos en anteriores artículos, la distopía es hoy. La "cárcel informativa" en la que se ha sumido al ciudadano a través de la pantalla de un móvil es proporcional al daño que se le infringe a la población por parte de un reducido grupo de poderosos y una cohorte de corruptos sin principios ni moral, que utilizan las herramientas de manipulación del modo más eficiente.