por Fernando Somoza Especial para NA (*)
Hoy la noticia es que Javier Milei cae en picada en cuanto a imagen positiva. Sin embargo, la pregunta todavía irresuelta es ¿por qué un personaje de estas características llegó a presidente de un país como la Argentina?
El periodista Hugo Asch, en una de sus habituales columnas en redes sociales, trazaba un parangón entre la política y el hincha de fútbol, planteando que “el hincha” frente a la pasión asume una mentalidad de un chico de diez años y no se mueve por argumentos, sino que quiere desbaratarlos a través de la emoción.
Sólo de esa forma puede explicarse este laberinto en el que nos encontramos como ciudadanos en el tercer año de gobierno de un espacio político armado a los apurones con retazos de otros, queriendo imponer una autoridad moral que se les escapa como arena entre los dedos por las inmoralidades que han surcado sin vergüenza desde su llegada al poder y que intentan ocultar como lo hace el perro con sus miasmas, dando patadas para atrás.
Difícilmente un grupo que no puede resolver sus problemas internos pueda resolver aquellos en los que ha sumergido a millones, poniendo como contrapeso mejoras en sectores concentrados que, hasta el momento, sólo han conseguido que los ricos sean cada vez más ricos.
Aun el número indicador de quienes han salido de la pobreza resulta engañoso porque omite a la enorme cantidad que ha sido empujada en sentido contrario. Allí aparece una clase media y media baja que, en muchos casos, pegándose un tiro en el pie tras haberlos votado, hoy desespera frente al empleo perdido, las cuentas domésticas que no cierran y los “lujos” que quedaron vedados, como una simple salida a comer pizza un sábado por la noche.
Como si fuera una torre de panqueques, cada día caen más ciudadanos sobre la montaña de frustraciones.
El impacto final todavía no llegó. Sigue en aumento. Despedidos registrados que logran sobrevivir algún tiempo con la prestación por desempleo; comerciantes que deben echar mano a sus ahorros para no bajar —todavía— las persianas; pymes que aguantan achicándose; préstamos que se toman; deudas que se acumulan. Agarrados de las yemas de los dedos a la piedra del precipicio hay montones, pero debajo se acumulan en la pila muchos más.
Mientras tanto, en los grandes despachos financieros ya ni siquiera se discute el presente. Los informes económicos comenzaron a mirar directamente hacia 2027. Lo llamativo es que los mismos mercados que durante meses fueron exhibidos como prueba irrefutable del éxito libertario ahora muestran preocupación por la propia sustentabilidad política del modelo.
Las consultoras financieras advierten que la estabilidad económica sigue dependiendo de factores extremadamente delicados: financiamiento externo, ingreso de dólares del agro, exportaciones energéticas, organismos internacionales y una calma política que empieza a mostrar grietas. El problema es que la economía real no se mueve al ritmo de las planillas de Excel.
También comienza a aparecer un dato revelador. Los analistas ya no hablan solamente de inflación, dólar o déficit. Hablan de gobernabilidad y de falta de cohesión política y carencia de confianza. En definitiva, se habla del factor humano que durante años los tecnócratas pretendieron reducir a una ecuación matemática.
El problema de la Argentina nunca fue exclusivamente económico. Si así fuera, bastaría con acomodar algunas variables y todo funcionaría. Pero la historia demuestra exactamente lo contrario. Ningún plan cierra cuando la sociedad se rompe y el equilibrio fiscal no alcanza cuando la angustia social se transforma en desesperación.
Por eso quizás la pregunta inicial estaba mal formulada. No era la economía. Nunca fue solamente la economía.
Lo que llevó a Milei al poder fue una sociedad agotada, decepcionada y furiosa que confundió la demolición con la reconstrucción. El problema es que ahora muchos de aquellos que aplaudían el espectáculo empiezan a descubrir que las motosierras eran también contra ellos.
Finalmente el relato se queda sin enemigos externos a quienes culpar y aparece el espejo donde los números dejan de ser porcentajes para convertirse en negocios cerrados, changas perdidas, remedios que no se compran y familias que vuelven a sacar cuentas frente a la mesa de la cocina. Y esa factura, como ocurre con todas las que vienen acumulándose desde hace meses, no la está pagando la casta.
La está pagando el que creyó que nunca le iba a tocar.