por Fernando Somoza Especial para NA (*)
El rechazo del gobierno de Javier Milei a otorgar un simple espacio para que el pueblo despidiera a su artista popular habla a las claras de los opuestos en los que se dirimen unos y otros.
Esta modalidad odiosa de los libertarios frente a todo aquello que signifique un despertar de los derechos ciudadanos indudablemente debe ser allanada, debilitada y enfocada hacia un objetivo central: su desarticulación como proyecto de poder. Quizás esta última idea explique por qué un personaje como Peter Thiel, multimillonario fundador de Palantir, frecuenta la Casa Rosada y elige a la Argentina para radicarse junto a su familia. Un tema que otros colegas ya han abordado y que no constituye el eje central de este caso.
¿Acaso no existe una comparación semántica y política entre el trato dispensado a los indios durante la Campaña del Desierto y el que hoy recibe la figura representativa de Solari?
Aquel trágico genocidio ocurrido entre 1878 y 1885, comandado por Julio Argentino Roca, fue una operación militar orientada a despojar a los pueblos originarios de sus territorios. Lejos de una gesta civilizadora, consolidó un modelo de acumulación primitiva y extractivista que destruyó a las comunidades nativas para integrarlas como mano de obra esclava, beneficiando a la incipiente oligarquía terrateniente.
EL PELIGRO QUE ENCARNA
Hoy “El Indio” es Solari, cuyo fenomenal empoderamiento ricotero no operó a través de la arenga política tradicional, sino mediante la construcción de un sentido de pertenencia identitaria en la periferia.
Desde la sociología, lo que Solari logró fue la cristalización de una comunidad de afectos. En un mundo moderno caracterizado por la anomia y la fragmentación de los lazos sociales, la “misa ricotera” funcionó como un dispositivo de cohesión social donde el individuo, a menudo desamparado por las instituciones, encontraba un lugar de reconocimiento.
Como bien señala la crítica literaria, la ambigüedad de sus letras permite un “efecto Forer” (o validación subjetiva): el oyente rellena los espacios vacíos de la metáfora con sus propias vivencias de marginación, lucha o desesperanza. Esto no constituye una carencia del autor, sino una fortaleza: la letra se convierte en un espejo donde el sujeto se reconoce a sí mismo como protagonista de su propia épica cotidiana.
Solari encarnó la resistencia al mainstream y a la lógica del mercado discográfico. Al mantenerse al margen de los medios masivos, construyó una autoridad moral basada en la independencia. Para el joven de los sectores populares, seguir a Patricio Rey era un acto de distinción y soberanía: la elección de una lealtad que no se compra ni se vende.
Desde la ciencia política, el fenómeno del Indio desafía las categorías clásicas del liderazgo. El Indio no es un dirigente partidario, pero su capacidad de convocatoria ha rivalizado con la de cualquier estructura política.
Construyó una forma de anti hegemonía: mientras la política tradicional busca persuadir mediante programas, él lo hizo a través de la emoción política. Su influencia no radicó en decirle a la gente qué votar, sino en fomentar una sensibilidad crítica frente a las formas de opresión, el cinismo institucional y la corrupción del tejido social.
A diferencia del rockstar tradicional, que se presenta como inalcanzable, la épica ricotera es la épica del “perdedor glorioso”. Su empoderamiento político es sutil: no invita a tomar el poder, sino a dignificar la resistencia. Es una política de la subjetividad: antes de cambiar el Estado, el sujeto debe encontrarse con sus pares en el barro de la realidad.
Este fenómeno posee además una dimensión filosófica vinculada al sujeto y su existencia frente al sistema. La obra de Solari es una crónica de la condición humana en la modernidad tardía. Hay un existencialismo latente en su lírica que resuena con la angustia del ser frente a un sistema que intenta “domarlo”, verbo que, paradójicamente, los libertarios tomaron para su uso.
Las letras ricoteras están pobladas de personajes marginales, traidores, vigilantes y “pobres que sangran”. Esta estética de la marginalidad no es gratuita: coloca al sujeto en una posición de verdad. Como sostenía Nietzsche respecto del poder del arte, la obra de Solari funciona como un estimulante para la vida frente a una realidad que muchas veces se percibe como una cárcel de sentidos.
Ante el caos político mencionado, su respuesta filosófica es un llamado a la virtud. No se trata de una virtud moralista, sino de una coherencia estética y ética: hacer lo que uno siente desde un lugar de honestidad. Ese es, en última instancia, el empoderamiento que ofrece: la soberanía de la conciencia individual en medio de una multitud atomizada.
La fuerza de sus letras no reside en un mensaje panfletario, sino en haber proporcionado un lenguaje simbólico a quienes no tenían voz propia dentro de la narrativa hegemónica. Un germen que anida en la sociedad dormida, como aquel que alguna vez volverá a despertar para recordarnos que las muertes de ayer deben servir para el despertar de mañana.