por Fernando Somoza Especial para NA (*)
El fin de una novela inútil con un protagonista estúpido llega su fin y a partir de ello debemos reconocer que sólo sirvió para tapar una situación de una gravedad inusitada como lo es el cambio en la economía de la Argentina que, bajo la cantinela de superar un siglo de errores, no hace más que introducirse en un modelo, ya conocido en la vasta Latinoamérica donde los países cumplen a pie juntillas los mandatos externos de los imperios, quienes saquean a los pueblos sometiéndolos a una calidad de vida miserable.
Adorni al fin y al cabo sirvió tan solo para mostrar la calidad de lúmpenes que pusieron al frente los grupos de presión, que mediante una tarea meticulosa vienen dando una batalla cultural que terminó calando en las mayorías como si fuera un síndrome de Estocolmo.
Entonces las democracias se contaminan como si fuera un cáncer que devora las células buenas y constructoras, minando el organismo hasta acabarlo.
Debemos reconocer que la tarea implementada por estos soldados, fue lo suficientemente efectiva para demoler todo y llegar a este estado de cosas en el cual los que más padecen son las clases media y media baja y que por el contrario se ofrendan con la esperanza de dejar avanzar una enfermedad terminal que los están haciendo desaparecer.
El concepto de peruanización de la economía, no es una acepción peyorativa a nuestros hermanos sudamericanos, sino una suerte de comunión con Latinoamérica toda, a la que nuestro país se viene acercando desde hace décadas nivelando para abajo y sin que, salvo algunos experimentos de “Patria Grande”, nunca viró hacia el lado de la justicia social que el peronismo, supo entronizar antes de 1955.
Lo verdaderamente importante, entonces, no es la vulgaridad de un vocero presidencial, ni las provocaciones que ocupan horas de televisión y miles de caracteres en las redes sociales. Lo importante es aquello que ocurre mientras la atención pública es desviada hacia la superficie de los acontecimientos.
Los números oficiales muestran que la economía crece. Sin embargo, detrás de esa aparente buena noticia se esconde una realidad inquietante: la inversión productiva cae, el empleo formal se reduce y la informalidad avanza. El país produce más riqueza, pero cada vez menos argentinos participan de ella. La expansión se concentra en sectores primarios vinculados al agro, la minería, los hidrocarburos y las finanzas, mientras la industria, el comercio y la construcción —los grandes generadores de empleo urbano— pierden terreno.
Eso es lo que diversos economistas han comenzado a describir como una "peruanización" de la economía argentina: una estructura dual donde conviven enclaves altamente productivos y exportadores con vastos sectores sociales condenados a la precariedad laboral y al cuentapropismo de subsistencia. No se trata de una descalificación hacia el pueblo peruano, sino de la descripción de un modelo económico donde el crecimiento no necesariamente se traduce en bienestar general ni en movilidad social ascendente.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde las estadísticas macroeconómicas convivieron con la frustración cotidiana de millones de ciudadanos. También está llena de gobiernos que celebraron indicadores mientras la clase media se achicaba lentamente hasta desaparecer. El crecimiento económico, por sí mismo, nunca fue garantía de desarrollo. Mucho menos de justicia social.
Por eso, cuando termine el ruido, cuando se apaguen las polémicas fabricadas y los escándalos de ocasión, quedará la pregunta que verdaderamente importa: ¿qué país se está construyendo detrás de los balances favorables y los discursos triunfalistas?
Porque una nación no se mide únicamente por cuánto exporta, ni por cuánto aumenta su producto bruto. Se mide por la calidad de vida de sus trabajadores, por las oportunidades que ofrece a sus jóvenes, por la fortaleza de su clase media y por la posibilidad de que el esfuerzo individual encuentre una recompensa digna.
Cuando lo urgente deja de ocupar la escena, lo importante aparece desnudo frente a nosotros. Y lo que hoy comienza a verse es una Argentina que corre el riesgo de crecer hacia arriba mientras se vacía por dentro.