por Fernando Somoza Especial para NA (*)
El viernes por la tarde-noche millones de argentinos vivimos uno de esos partidos que parecen escritos para poner a prueba los nervios. La Selección sufrió mucho más de lo previsto frente a Cabo Verde y necesitó un alargue para seguir con vida en el Mundial. Durante dos horas, el país entero quedó suspendido en una misma preocupación: que el campeón no se quedara afuera. Y eso está bien.
El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de detener, aunque sea por un rato, las angustias cotidianas. Funciona como aquel comprimido de "Agaromba" del inolvidable Cha Cha Cha: durante un momento, todo lo demás nos “chupa un huevo”.
No se trata de cuestionar esa pasión colectiva. Sería absurdo hacerlo. Lo preocupante aparece cuando termina el partido, se apagan las pantallas y la realidad vuelve a ocupar el centro de la escena. Ese es el verdadero alargue.
Porque mientras discutimos un cambio de esquema, un penal o una decisión arbitral, la Argentina sigue jugando otro partido, mucho más largo y mucho más cruel.
Los datos coinciden en que el salario promedio de los trabajadores formales ronda hoy 1.300.000 pesos mensuales, mientras las expectativas salariales de quienes buscan empleo ya superan los 1.800.000. El problema no es solamente cuánto se gana. También es que el empleo formal continúa sin generar la demanda necesaria y muchas empresas siguen reduciendo personal.
Aun quienes conservan un trabajo estable descubren que el esfuerzo ya no alcanza para sostener una vida modestamente digna.
El dato de que casi siete millones de personas hayan quedado excluidas del acceso al crédito por el crecimiento sostenido de la morosidad, según la consultora 1816, no representa una estadística más. Es la fotografía de familias que dejaron de tener margen para equivocarse. Cualquier gasto inesperado puede desequilibrar una economía doméstica que ya venía caminando por la cornisa. Ese sí es un alargue y muy agónico.
Un tiempo suplementario donde cada día exige correr un poco más para llegar al mismo lugar. Donde se resigna calidad en la alimentación, se postergan tratamientos médicos, se suspenden proyectos familiares y se naturaliza una incertidumbre que termina convirtiéndose en una forma de vida.
Mientras tanto, el Gobierno insiste en mostrar un marcador que una parte importante de la sociedad no logra encontrar en su vida cotidiana. Habla de recuperación mientras millones siguen administrando privaciones. Promete un futuro cercano que nunca termina de llegar y responde con descalificaciones a quienes señalan las inconsistencias de un modelo económico cuyos costos recaen, una vez más, sobre los sectores de siempre.
La noticia cruda es que el Mundial 2026 terminará dentro de pocos días. Entonces los goles pasarán a formar parte de los recuerdos. Habrá nuevos campeones, nuevas figuras y discusiones futboleras.
Pero el lunes siguiente seguirá llegando y con él volverán las cuentas por pagar, los salarios insuficientes, las familias que hacen equilibrio para llegar a fin de mes y la incertidumbre sobre cuánto más podrá resistirse.
El viernes sufrimos durante buena parte de los 120 minutos. Sin embargo, el verdadero alargue, lo estamos jugando hace rato y el embate contra nuestro arco no para de llegar impiadosamente.