por Fernando Somoza Especial para NA (*)
Vivimos inmersos en una época de sobreinformación. Las pantallas vomitan titulares a un ritmo imposible de procesar y los algoritmos deciden qué merece nuestra atención y qué debe desaparecer apenas unos segundos después de haber sido visto. La política aprendió a jugar ese juego y convirtió la discusión pública en una sucesión de episodios fugaces donde el escándalo de hoy sepulta al de ayer.
Mientras tanto, detrás de ese incesante desfile de polémicas, ocurren transformaciones profundas que afectan la vida cotidiana de millones de argentinos.
El presidente Javier Milei llegó al poder prometiendo ser el "topo" que destruiría al Estado desde adentro. Esa definición, que en su momento pareció una metáfora, hoy encuentra expresiones concretas en un proceso de desarticulación de políticas públicas que durante décadas sostuvieron buena parte del entramado social. Educación, salud, ciencia, cultura, obra pública y organismos estratégicos dejaron de ser concebidos como herramientas de desarrollo para convertirse en objetivos permanentes del ajuste.
El costo de esa transformación recae, principalmente, sobre los sectores medios y populares. Al mismo tiempo, las reformas impulsadas por el Gobierno abren espacios de negocios para grandes grupos económicos y fortalecen un modelo que privilegia la lógica financiera por encima de la producción y el trabajo.
Todo ello ocurre mientras buena parte de la sociedad permanece atrapada en un debate diseñado para consumir emociones antes que razones.
LAS PREGUNTAS QUE NO HACEMOS
Hoy la política logró convencernos de discutir casi exclusivamente aquello que produce impacto inmediato.
Se multiplican las declaraciones estridentes, los insultos convertidos en estrategia comunicacional y las disputas personales elevadas a categoría de asunto de Estado. En ese escenario resulta cada vez más difícil formular preguntas sencillas, aunque decisivas.
Cuando el Presidente propone como referencia económica a Perú, ¿cuántos argentinos se preguntan cómo vive hoy la mayoría de los peruanos? ¿Cuántos conocen sus niveles de informalidad laboral, las desigualdades sociales o las razones que durante años impulsaron a millones de ciudadanos de ese país a emigrar en busca de mejores oportunidades?
Las comparaciones internacionales sólo tienen sentido cuando se observan completas. De lo contrario, se convierten en simples consignas.
Algo similar ocurrió con las recientes declaraciones de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, al mencionar a Bulgaria como un caso exitoso de reformas estructurales. Sin embargo, basta revisar algunos indicadores sociales para advertir que ese supuesto éxito convive con elevados niveles de pobreza infantil, dificultades educativas, bajos salarios y una fuerte emigración de jóvenes hacia otros países europeos.
Los modelos económicos no pueden evaluarse únicamente por la estabilidad de sus variables financieras. También deben medirse por la calidad de vida que ofrecen a quienes los habitan.
Mientras tanto, el escenario político argentino parece haber renunciado definitivamente al debate de ideas.
Los protagonistas ya no se presentan como dirigentes sino como personajes. Cada semana aparece un nuevo apodo, una nueva pelea, una nueva descalificación que monopoliza la conversación pública durante horas o días para ser reemplazada inmediatamente por otra.
La política se transforma así en una historieta donde "Inestable", "Kukacruel" o "Cerebro de Microbio" reemplazan a las discusiones sobre empleo, educación, producción, federalismo o desarrollo.
La estrategia resulta eficaz porque desplaza la atención. Mientras los ciudadanos siguen la pelea entre personajes, las decisiones verdaderamente trascendentes avanzan con escaso debate social: reformas institucionales, cambios en organismos estratégicos, redefiniciones del rol del Estado y modificaciones económicas cuyos efectos se extenderán durante muchos años.
No es casual que la conversación pública dedique mucho más tiempo a los agravios que a analizar el alcance de una reforma del Banco Central, la pérdida de capacidades científicas o el deterioro de políticas sociales que costaron décadas construir.
Entonces, mientras se multiplican las viñetas de esta historieta cotidiana, afuera del papel millones de argentinos siguen enfrentando problemas reales y no gráficos: llegar a fin de mes, sostener un empleo, educar a sus hijos, acceder a la salud o conservar la esperanza de vivir un poco mejor.
Quizá esa sea la mayor paradoja de este tiempo. Nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, pocas veces resultó tan difícil distinguir qué hechos modificarán realmente nuestro futuro.
La verdadera historieta no está en los apodos ni en los personajes. Está en hacernos creer que esa es la historia principal, mientras las decisiones más importantes pasan de página casi sin que nadie las lea.