por Fernando Somoza Especial para NA (*)
Hay momentos en la historia de un país en los que los problemas dejan de aparecer como episodios aislados y comienzan a revelar un patrón. Como ocurre con una prenda sometida a demasiada tensión, primero aparece un hilo suelto, luego una pequeña abertura y, finalmente, las rasgaduras se multiplican hasta dejar al descubierto un claro agujero. La Argentina atraviesa uno de esos momentos.
La última semana dejó una imagen que trasciende la discusión parlamentaria. El rechazo a los artículos del proyecto oficial que habilitaban sin límites la venta de tierras a extranjeros y modificaban aspectos centrales de la legislación sobre incendios forestales fue una clara derrota legislativa. Reflejó que existe un sector importante de la sociedad que todavía considera que hay bienes estratégicos cuya protección no puede quedar librada únicamente a la lógica del mercado angurriento global.
Ese rechazo no nació solamente dentro del Congreso. También se expresó en las redes y en las calles, donde la protesta social volvió a encontrarse con un dispositivo represivo cada vez más severo. La distancia entre un gobierno que reivindica el conflicto permanente y una parte creciente de la ciudadanía continúa ampliándose, termina siendo una muestra de debilidad.
Las grietas se amplían día a día y el lugar donde más se abren es en la economía cotidiana de millones de argentinos.
La morosidad de las familias supera todos los récords. Miles de hogares sobreviven recurriendo al crédito para financiar gastos corrientes y terminan atrapados en tasas que, especialmente en algunas billeteras virtuales y mecanismos de financiamiento digital, rozan niveles usurarios.
Aun así, la respuesta oficial no consistió en revisar un mercado que el propio Estado debe regular, sino en responsabilizar a quienes ya no pueden afrontar sus compromisos. Resulta llamativo que el ministro de Economía, Luis Caputo, desplace el foco hacia los deudores antes que hacia un sistema financiero que obtiene ganancias extraordinarias precisamente de esa desesperación.
El mismo funcionario volvió a generar otra fisura al descalificar como "tarados" a quienes defienden la producción industrial nacional. La frase no constituye solamente un exceso verbal, más bien expresa una concepción económica que reduce cualquier debate a una descalificación personal y que parece desconocer el papel que la industria desempeña en la generación de empleo, innovación y desarrollo tecnológico. Todo un símbolo de ayer y hoy en nuestro país.
Mientras tanto, los indicadores siguen en alerta. El consumo continúa debilitándose, el dólar vuelve a mostrar signos de recalentamiento, el empleo privado se recupera y las encuestas reflejan un sentimiento creciente de incertidumbre respecto del futuro.
Podrán discutirse la evolución de algunas variables macroeconómicas, pero resulta mucho más difícil convencer a la población de una mejora que no encuentra correlato en el poder adquisitivo ni en las expectativas familiares.
Frente a este panorama, un lector atento podría sostener que el oficialismo mantiene respaldo porque la oposición tampoco ofrece una alternativa convincente. Que la principal opción sigue siendo el regreso del peronismo y, para muchos, incluso la posibilidad de un nuevo ciclo kirchnerista inevitablemente asociado al deterioro que caracterizó la etapa final del gobierno de Alberto Fernández.
Convengamos en que la debilidad de la oposición constituye una realidad política inocultable y explica parte de la fortaleza relativa que aún conserva Javier Milei. Sin embargo, la ausencia de una alternativa sólida no convierte automáticamente en acertadas las decisiones del Gobierno.
La democracia no funciona sobre la base de resignarse a elegir el mal menor.
Quizás la preocupación más profunda no resida únicamente en los indicadores económicos, sino en el clima social que parece aumentar.
La frustración alimenta una violencia cada vez más visible, mientras desde el propio poder se instala un discurso atravesado por la confrontación permanente. Las exageraciones, las afirmaciones desmentidas por la realidad y la insistencia en presentar una recuperación económica que buena parte de las clases media y baja todavía no ven, suman a la falta de credibilidad del gobierno.
Como si fuera poco, tenemos los frecuentes estallidos verbales del presidente Javier Milei, que han derivado en conflictos diplomáticos inéditos, como el sostenido con Brasil, y en apariciones públicas donde lo que menos muestra es prudencia.
Cuando quien está a cargo de la embarcación muestra un estado de crispación permanente, es lógico que el resto de los tripulantes sientan preocupación.
Un país puede soportar crisis económicas, pero lo que resulta mucho más difícil de reparar es el deterioro del tejido social cuando la desconfianza, la incertidumbre y la agresividad pasan a formar parte de la vida cotidiana.
Si estas rasgaduras aparecen al mismo tiempo, dejan de ser accidentes para convertirse en la evidencia de que el tejido (social) comienza a ceder. Y cuanto más se demore en reconocerlo, mayor será el esfuerzo y el sufrimiento que demandará volver a componerlo.