16/08/2026 - Edición Nº649

Nacionales

EDITORIAL

Javo, el numerólogo

08:00 | Freud decía que los números en los sueños no tenían un significado fijo ni mágico, sino que podían formar parte de aquello que el inconsciente utilizaba para expresar deseos, recuerdos o conflictos.


por Fernando Somoza Especial para NA (*)


El presidente de la Nación parece haber encontrado la kriptonita en sus propias ideas: los números de una economía en la que confió y que ahora comienzan a jugarle en contra.

“El que las hace las paga” fue durante mucho tiempo una frase repetida por Javier Milei y sus colaboradores. Hoy, aquella consigna parece regresar desde otro lugar, en boca de una sociedad que acompañó al Gobierno creyendo en sus promesas de mejoría y que empieza a pagar un costo demasiado alto por el ajuste.

El líder que puso de moda el concepto de anarcocapitalismo —la teoría política y económica que propone la abolición del Estado y su reemplazo por un sistema de libre mercado absoluto— enfrenta una dificultad que ningún discurso puede esconder: la estabilidad económica todavía no consigue convertirse en una realidad cotidiana para buena parte de los hogares de clase media y media baja.

Y en política, los números suelen tener la desagradable costumbre de perder la obediencia.

EL NÚMERO MALDITO

El analista Pablo Tigani pone sobre la mesa un número que en la Argentina tiene memoria propia: 2001.

En uno de sus recientes artículos advierte sobre un riesgo país que ya no alcanza para explicar nada, una inflación que el Gobierno promete bajar pero que vuelve a desafiar los pronósticos, un consumo que se derrumba y una sociedad cada vez más endeudada.

Su comparación con aquel año no pretende ser una profecía. Es, según plantea, un diagnóstico conservador: una economía que comienza a mostrar señales conocidas y un Gobierno que puede quedar aislado cuando más necesita respaldo social.

Hay otro número que debería llamar la atención del oficialismo: según los datos citados por Tigani de la consultora Zubán Córdoba, el 65,3% desaprueba la gestión y el 61,9% estaría dispuesto a votar un cambio de rumbo en 2027.

Los números, esta vez, no hablan de inflación ni de reservas. Hablan de votos. Y esos también cotizan.

La tecnocratización de la política económica fue, según Tigani, uno de los factores que contribuyeron al desenlace de 2001: un gobierno que delegó buena parte de sus decisiones económicas en expertos terminó despolitizado, aislado y sin sustento social cuando más lo necesitó.

Veinticinco años después, la escena puede parecer diferente, pero algunas señales empiezan a resultar familiares. Hay menos margen fiscal, más deuda relativa y una sociedad que ya hizo buena parte del ajuste sin recibir todavía la recompensa prometida.

No hace falta pronunciar la palabra “corralito” para advertir que una crisis de confianza puede comenzar mucho antes que una crisis bancaria.

LA OTRA CUENTA

Como si a la numerología económica le faltara una dimensión política, la diputada Marcela Pagano llevó a la Justicia una denuncia contra Milei por el supuesto desvío de fondos que debían destinarse al arreglo de rutas y que, según sostiene, habrían sido utilizados para conseguir apoyos parlamentarios.

La acusación deberá recorrer ahora el camino judicial que corresponda y probar, si fuera el caso, aquello que denuncia. Pero vuelve a colocar los números en el centro de la escena: cuánto dinero, para quién, con qué destino y a cambio de qué.

La política también tiene contabilidad.

Y cuando los números dejan de cerrar, las explicaciones comienzan a ser más importantes que las planillas de Excel.

El Gobierno llegó al poder haciendo de las cuentas una bandera. Déficit cero, equilibrio fiscal, inflación, emisión, deuda. Todo podía reducirse a números y, a partir de ellos, construirse una explicación sencilla para problemas que llevaban décadas acumulándose.

El problema aparece cuando esos mismos números dejan de acompañar el relato.

Freud decía que los números en los sueños no tenían un significado fijo ni mágico, sino que podían formar parte de aquello que el inconsciente utilizaba para expresar deseos, recuerdos o conflictos.

Tal vez la Argentina esté frente a una versión política de ese sueño.

Porque cuando un Gobierno hace de los números su principal argumento, corre el riesgo de terminar gobernado por ellos.

Y entonces el número 2001 deja de ser una referencia histórica. La inflación una estadística, el consumo una curva y las encuestas porcentajes. Se convierten en señales.

El jefe de Estado que llegó prometiendo ordenar las cuentas puede terminar descubriendo que las cuentas también ordenan —y desordenan— la política.

Quizás por eso, después de tanta numerología oficial, quede una última pregunta:

¿Es posible que el plan que soñó Milei haya mutado hacia otros escenarios y que todo termine pareciéndose, otra vez, a un gran Satiricón?

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