por Fernando Somoza Especial para NA (*)
Hay algo más preocupante que equivocarse con un dato, una proyección económica o una interpretación política y es perder la capacidad de reconocer al otro como una persona.
Javier Milei vuelve a ofrecer señales inquietantes en ese terreno ya que no se trata solamente de sus ideas, de su modelo económico ni de su conocida “batalla cultural”. Es la manera en que habla de quienes quedan del otro lado de sus convicciones y que parece prescindir de la empatía y convertir al adversario, al que piensa distinto o simplemente al que atraviesa una dificultad, en una categoría que merece ser descalificada. Y lo hace de manera soez, violenta, despiadada.
La pregunta, entonces es inevitable: ¿estamos frente a una patología o frente a una forma deliberada de crueldad?
No corresponde, desde el periodismo, diagnosticar psicológicamente al Presidente, pero si podemos resaltar conductas, palabras y patrones discursivos.
DEL ABORTO A LOS “PAÑUELOS VERDES”
En el Consejo de las Américas, Milei volvió a vincular la caída de la natalidad con la legalización del aborto y responsabilizó a quienes impulsaron los llamados “pañuelos verdes”. Llegó a definir el aborto como una “pasión por asesinar niños en el vientre de la madre” y aseguró que esa supuesta práctica tenía costos sobre el crecimiento económico.
Sin embargo, una vez más se dejó llevar por la pasión ¿O es simplemente un mentiroso compulsivo?
La caída de los nacimientos en Argentina comenzó en 2014, seis años antes de la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. En 2020 se registraron 533.299 nacidos vivos, mientras que en 2024 fueron 413.135. Es decir, la tendencia descendente estaba consolidada mucho antes de la legalización del aborto.
Pero hay algo todavía más profundo que el error estadístico y es que cuando un Presidente transforma a quienes defienden el derecho al aborto en una suerte de enemigo moral, deja de discutir con ciudadanos para discutir con una caricatura de ellos.
Esto es precisamente lo que la psicología de la deshumanización describe: la construcción de una “imagen enemiga”, en la que el otro deja de ser visto en su complejidad y pasa a representar el mal, el defecto o una amenaza.
EL DEUDOR Y SU DESGRACIA
El mismo mecanismo aparece en otro escenario, menos simbólico y mucho más concreto: el de quienes no pueden pagar sus créditos.
Milei sostiene que nadie fue al mercado financiero “con una pistola en la cabeza”, que se trató de un acuerdo libre entre partes y que sería “inmoral” que el conjunto de la sociedad terminara pagando por un error individual.
El argumento puede discutirse desde la economía. Lo que debería preocuparnos es otra cosa: la facilidad con la que una situación social compleja queda reducida a una elección individual y, por lo tanto, a una responsabilidad individual.
Detrás de cada deuda hay una historia. Hay familias, empleos perdidos, ingresos que no alcanzan, tasas que cambiaron, enfermedades, divorcios, emergencias o simplemente una economía que dejó de parecerse a aquella en la que se tomó el crédito.
Deshumanizar consiste, entre otras cosas, en convertir personas concretas en una categoría abstracta. El “deudor” deja de ser alguien con circunstancias y pasa a ser alguien que “se equivocó” y debe asumir las consecuencias.
La psicología advierte que cuando los individuos son desindividualizados —cuando se los observa como miembros de una categoría y no como personas singulares— resulta más sencillo justificar medidas severas contra ellos.
EL OTRO NO ES OTRO
Hay una coincidencia inquietante entre ambas escenas que proponemos. En el aborto aparecen “asesinos”. En la discusión sobre las deudas, irresponsables que deben arreglárselas solos. En la disputa política, adversarios convertidos en enemigos. En la discusión económica, quienes sufren una crisis pueden terminar reducidos a números o variables de ajuste.
Mientras tanto, cualquier dato que contradiga el relato puede ser reacomodado. Ocurre incluso con la inflación. Milei había anticipado que la inflación comenzaría con cero hacia agosto de 2026 refiriéndose a la inflación minorista, pero luego celebró un 0,8 por ciento de inflación mayorista como confirmación de aquella predicción, aunque se trata de indicadores diferentes.
No es un detalle menor. Porque la deshumanización no necesita únicamente desprecio. También necesita un mundo dividido entre los que tienen razón y los que deben ser derrotados.
Michelle Maiese que investiga temas de Filosofía de la Mente y Filosofía de la Psiquiatría en EE.UU. advierte que, una vez construida esa “imagen enemiga”, el conflicto tiende a convertirse en una lucha entre el bien y el mal, donde las posiciones se endurecen y el castigo del adversario comienza a parecer legítimo.
Esa es la cuestión que debería preocupar a una sociedad democrática ya que no hace falta afirmar que Javier Milei padece una patología para advertir un comportamiento deshumanizante.
Tampoco hace falta atribuirle necesariamente una intención cruel para señalar las consecuencias de sus palabras.
El debate importante está en otro lugar y es qué ocurre cuando quien ocupa la Presidencia construye sistemáticamente un “ellos” al que se puede desacreditar, culpabilizar o dejar fuera de consideración.
¿Es patología? No lo sabemos y no nos corresponde determinarlo.
¿Es crueldad? Tal vez tampoco alcance con esa palabra.
Pero sí podemos afirmar algo: cuando desde el poder se deja de mirar a las personas como personas, la discusión política empieza a perder humanidad, con ello perdemos el “ser humano” y sin ello todo está perdido.
Cuando el otro deja de ser un ciudadano para convertirse en un enemigo, una molestia o una cifra, la democracia conserva sus instituciones, pero comienza a perder aquello que le da sentido.